domingo, 7 de junio de 2015

El demonio de las escaleras

Hace muchos años en mi casa, trabajaba para mi familia un señor muy amable, quizá la persona más honesta y leal que haya conocido, se llamaba Manuel. Él había formado con mi familia un lazo de amistad, respeto y honradez único, por lo que mi abuela siempre lo llamaba para diferentes trabajos o cachuelos, como se le decía en esos tiempos.

Cierta vez, cuando construían mi casa, el padrino de mi abuela (ex-dueño de la casa) invitó a Manuel a que se quedase a cuidar pues habían puertas, ventanas y herramientas nuevas que eran en ese tiempo, caras y valiosas. Manuel accedió amablemente con la condición de quedarse en el primer piso.

Él contó que ese día todo empezó bien, sin ningún problema, hasta que el reloj de pared dio las doce del mediodía. Entonces, siguiendo las indicaciones que se les fueron dadas, fue a la cocina y se sirvió un plato de tallarines, volvió al primer piso, se sentó en el último escalón de la escalera (la cual da a lo que ahora es mi sala), y empezó a comer. 

Pasaron unos cuantos minutos cuando de pronto sintió el sonido de unas pisadas que venían de arriba, pero no eran pisadas comunes, él sentía que eran cascos de caballo que bajaban de la escalera. No quiso prestar atención hasta que sintió un olor fuerte y nauseabundo, por lo que volteó y lo vio. No podía creerlo, tanto que botó el plato de tallarines y fue corriendo a la entrada de mi casa, para salir a la calle. Allí se quedó esperando hasta que llegaron los albañiles a seguir trabajando. Lo encontraron allí, fuera de mi casa, en silencio.

La descripción que le dio a mi abuela tiempo después fue la siguiente: 

«Era un hombre alto, con pelos en el cuerpo de color rojo, patas de caballo y una cola en punta. Era extremadamente delgado. Se movía muy lentamente y bajaba las escaleras como si no quisiera hacer ruido, casi de puntitas».

Al entrar, encontraron el plato roto de Manuel en la puerta de mi sala y ni rastro del visitante que apareció en la escalera. Manuel nunca más quiso quedarse sólo en mi casa y nunca más se volvió a contar una historia parecida sobre lo que pasó aquel día.

Curiosamente, por las noches, suelo quedarme hasta tarde ya sea tocando la guitarra, escribiendo estas entradas o leyendo algo en Internet en la puerta de la sala donde Manuel afirmó ver al demonio. Pero nunca me ha pasado nada. Esperaré sentado.

1 comentario:

  1. Quizá sólo fue un affaire del citado personaje con Manuel y no eres de su tipo. No sé, solo digo.

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